Viernes por la mañana sin haber dormido por la madrugada, el frío del piso recorría el desnudo cuerpo de Violeta frente al espejo. El reflejo le respondía, postura firme y manos fuertes, que estaba lista para todo lo que quisiera hacer de ahora en adelante. Una hora después estuvo más que lista: bufanda rojinegra y blanca minifalda, y el cuero estuche del violín a su lado junto a los zapatos sin tacón.
Le dio una última vuelta al cuarto, repaso mental de una breve infancia. La misma cama en la que todavía cabía, el altísimo armario con las pelotas perdidas y por supuesto inalcanzables; el cofre de los juguetes ahora muertos de polvo y al fondo la amplia ventana que da a los jardines de la casona, al horizonte de cordilleras, al crepúsculo andino, y mucho más arriba a una luna traslucida. La abrió y ondearon las cortinas, acelerándosele el corazón al proyectarse del otro lado de las cercas, bajo luna o bajo sol; y volvió a ver el jardín bajo sus ojos, y el recuerdo de Alecto, el perro que le dieron a los cinco años, apareció en su mente cruzando los rosales de Mamá, poco antes que se lo llevaran de regreso con lágrimas de Violeta.
Al darse la vuelta y poner un pie fuera del cuarto, se detuvo sólo para apagar la luz y cerrar sin llave. Con el mismo silencio se fue por el largo pasillo, puertas de un lado, puertas del otro, y bajó la escalera que desde ayer no rechinaba más. Pasó frente a la puerta principal y se metió en la cocina que de a poco aclaraba, dibujándose agrandada y silenciosa como cualquier otra habitación de la casa. Sabía lo rara que se sentiría, pero igual se sentó en el comedor que nunca usaba y del bolsillo arrancó un papel de su libreta de notas. Papel rosa y sin lágrimas, pero con un párrafo caligrafiado que esperaba dijera más que «Me voy» o «Hasta nunca» o «No aguanto más». Admitía que era esencial que los viejos la entendieran, pero por más veces que lo leyera no encontraba más palabras para dejarles su rabia entre cursiva y cursiva; y entonces el perfume de Mamá le llegó de repente y se la imaginó desmoronada sobre la escalera, quizás en los brazos de Papá, pero sin dudas enumerando entre gimoteos todas las cosas compradas para la niña Violeta.
El ventarrón al abrir la puerta trasera desvaneció el perfume de señora y dejó entrar el del páramo basto y húmedo. Anduvo entre los rosales con la alegría de Alecto, y con la misma dio un brinco que cruzó la cerca y la hizo libre. Bajo la luna invisible y el sol a media altura, Violeta corrió con sus zancadas más largas y sólo el peso del violín en su espalda. Tan lejos que alcanzó un camino rural que nunca había recorrido, pero estaba segura de que la llevaria a donde ella quería.
El pueblito la vio salir entre los matorrales una hora después, y ella vio al pueblito bullicioso y concurrido como siempre. Lo buscó a la derecha y no estaba más que el taxista desmontando el motor por enésima vez; lo buscó a la izquierda y detrás de la mujer del cochecito, entre otra voluptuosa y otra flacucha, estaba él durmiendo en la moto escarlata y sin rastro de polvo. Se tuvo que sujetar el pecho para no desmoronarse ella de tanto amor, y conteniendo la lágrima se acercó a él para despertarlo y al fin vivir.