Adorábamos la estación Miranda por algo mucho más grande que acústica o vibraciones en el aire. Fue nuestro amor de muchacho, cuando no entendíamos su magnitud ni eramos lo suficiente hombres como para querer buscarle una lógica a su magia, una verdad al misterio. Incluso ahora, recordando esos días medio perdidos, me cuesta creer que al final hayamos renunciado a ella, a la estación Miranda, y a la música.
Horacio fue quien la descubrió primero, como siempre nos recordaba. El le contó después a Salva y Julio me lo describió a mi al día siguiente. Para entonces no éramos una banda y rara ves coincidamos juntos; sólo después de reunirnos en la estación nos volvimos inesperadamente inseparables. La primera impresión en el subterráneo fue la normal: demasiado ruido de pisadas, bostezos, conversación, ferrocarriles atronadores llegando cada pocos minutos. Era imposible sacar algo de provecho, salvo que nos metiéramos en los vagones como hacían los bohemios de las otras estaciones (de esos que no dicen ni innovan nada) para pedir dinero a cambio de música. De cualquier forma, Horacio ya nos había obligado a cargar las guitarras, y había tan poca gente en la plataforma como para aceptar hacer el papelón. Y entonces ya no supe como suena un acorde fuera de Miranda.
En conjunto tocamos las mejores composiciones del padre de Julio, insuficientes intentos de Atahualpa, y en un arranque de entusiasmo las antologías completas de don Miguel Veloso. Recuerdo que nuestro desempeño fue lamentable, descoordinado, tormentoso, pero el sonido... lo que resonaba en ese calabozo era algo más. Salva intentó describirlo en forma de sentimiento y le fue imposible; Julio pensó que quizás el lugar llevaba algún tipo de maldición Toromayma. A Horacio y a mi no nos importaba ni lo primero ni lo segundo. Ya eramos enamorados de la estación, y como tal temblábamos de ganas por conocerla a fondo.
Aprendimos bastante en poco tiempo. En la primera semana nos reunimos casi diario y el sábado y domingo fuimos los primeros en llegar. En la segunda dejamos el conservatorio definitivamente, incluso Julio, que de a poco había dejado de escuchar las exigencias del padre, entregándose de lleno al descubrimiento. Ahora sí eramos una banda, y era algo que se evidenciaba de alguna forma, como una especie de aura sobre nosotros, haciendo de la integración algo siemple y natural; lo clásico se volvía novedoso, lo predecible no tenía cabida, Horacio se consolidó pronto como el cantor acompañante, y nuestro estilo se perfiló progresivamente: latidos de notas bajas, punteos melódicos, percusión a base de golpes, chasquido de cuerda. Más que un cuarteto de guitarras, ahí eramos una mágica orquesta adolescente.
De vez en cuando, entre risa y risa, el eco de nuestras voces resonaba desordenadamente en el anden:
—Julio, sobre lo que me preguntaste, podemos probarlo ahora.
—Sí quieres, llévalo a veinte en la segunda mitad.
—...estaba pensando en subir como antes.
—Salva, ésto es llevarlo a veinte.
—...debería sonar distante, como si estuviera fuera de tono.
—De acuerdo.... ¿esto?
—Sólo hazlo un poco mas suave y nosotros más tarde.
—...y adentro al compás de veinte, ¿ves?.
—... y Horacio, después de la entrada, como explosión.
—Esa nota está como cincuenta veces en esta canción.
—¡Un, dos, tres... um!
Aunque nuestro trabajo era exhibicionismo puro, los primeros días fueron como un total encierro creativo. Sí una vez los gregorianos se dirigieron a su dios y los trovadores eran para sus amadas, no sería una locura decir que tocábamos exclusivamente para nuestro quinto elemento, la estación Miranda. No teníamos idea de que alrededor se estaba gestando una improbable publicidad, ni que las noticias de nuestros éxitos y calidades llegaban a los inocentes que paseaban en la superficie. Fue por eso que cuando decidimos convertir lo que teníamos en un espectáculo, nos pareció algo insólito el entusiasmo con que ciertos espectadores nos esperaban. Llegaron de muchas direcciones y al juntarse se volvían matemáticamente predecibles: Me gustaban los que se entusiasmaban con la novedad y aplaudían, sonriendo, entre canción y canción. Me divertía con los otros, los fugaces conservadores, que a pesar de que escuchaban, nos ignoraban como a la sobras en el diente de un conocido; y con los dependientes, demasiado inseguros como para atendernos sin antes mirar al rededor y confirmar que era socialmente correcto el escuchar. Con ellos ganábamos el dinero para vivir felices de la estación, sin imaginar los verdaderos sacrificios que pronto nos iba a cobrar.
Horacio perdió la voz un lunes del segundo año. Por ese entonces ya era raro que alguien demorara para un ensayo, pero por su cara nadie se lo reprochó. Él sólo callaba, no habló más, y nosotros lo aceptamos así. Después de todo, estábamos en ese nivel donde un gesto o la mueca de un compañero bastaba para saber sus intenciones en medio de una tocada. Por sus ojos sabíamos que lloraba antes de vernos, pero seguímos adelante, adelante, eliminando para siempre las voces de nuestras presentaciones.
El paso a la total instrumentalidad fue esencial para el perfeccionamiento del sonido. Lo lógico es que nos concentrábamos más en los instrumentos, y de hecho, las risas y las miradas nerviosas que surgían cuando alguien erraba desaparecieron de un dia para otro, pues ya no nos equivocábamos. Era enigmático, sin duda, pero ya las palabras cantadas no fueron más necesarias para despertar las sensaciones importantes: el vacío profundo, el éxtasis inmortal, el despertar a la vida. Sólo tocando nos sentíamos invencibles.
Surgieron entonces nuestros primeros originales. Inocentes composiciones de básicas estructuras, nada sobresaliente, pero de muy buen gusto. Para mi era un poco vergonzoso, pues mucho de lo que hacíamos era como un plagio involuntario, imitaciones de nuestras grandes influencias que quizás, con suerte, el publico era incapaz percibir. Primitivas canciones de amor a ritmo medio, melodías típicas y tristonas. Julio, que era el cerebro técnico detrás de las creación, solía comenzar los proyectos soltando notas premeditadas, como un director dando indicaciones a cada uno, sin necesidad de escribirlas, mucho menos hablarlas. Después de eso cada quien apelaba a su inventiva, sin salirse de los limites iniciales, sin molestar a los otros, las cosas siempre se daban.
Era un martes del tercer año cuando se nos murió Julio. Era un día de remplazo de cuerdas y para estrenarlas resolvimos una hora de presentación continúa. Como había que afinarlas cada poco tiempo, Julio estaba un poco insoportable; el pobre estaba acostumbrado a la perfección, a la ausencia de errores y de miradas nerviosas. En la transición al puente de la ultima canción, un esencial tono se desvió a los agudos y ahí ocurrió: maldijo a la guitarra y a la estación Miranda; dijo algo sobre volver con su padre, dio media vuelta, y segundos después lo vimos caído sobre los rieles, y el ferrocarril acercándose a mortal velocidad.
Mentimos a las autoridades y a sus padres. Proteger nuestra vida en la estación era lo más importante, y la muerte de uno de los nuestros ponía en peligro nuestra relación con ella. A nuestras mentes las preferimos bloquear, rehuir a todo recuerdo de Julio, y seguir adelante, adelante, entregados de rodillas a la voluntad de la estación.
Vino una nueva epoca y nació un nuevo estilo de composiciones... con esencias poco ortodoxa: Salva solía llamarlos pecados musicales. Una excentricidad sonora ocupó el espacio de Julio, apareciendo en nuestras mentes en exceso. Lo creado era extravagante, hipnótico e inspirado en la estación. Imposible decir si de verdad eramos los autores, o sí era ella la que en verdad hacia de titiritera, pero la genialidad que alcanzamos era incuestionable. Nuestras precarias familias se desentendieron del todo de nosotros y nosotros no los consideramos más. Vivíamos con los cabellos largos y atados con cuerdas oxidadas, encorvados sobre nuestras guitarras, rasgueando con uñas amarillentas. Ganábamos más, irónico, pues no queríamos más.
Abandonamos la estación un día del año diez. Lo sintió primero Salva y sus ojos brillaron con el mensaje. No sabíamos que quería decir o que significaban sus lágrimas, pero tras iniciar los primeros compases le seguimos sin oposición. La melodía era lenta, invitando al desconsuelo, y no nos atrevimos a salirnos fuera del tono, y es que era todo Salva. Lo acompañamos un rato mientras el sonido se mezclaban con sus sollozos; el mismo se repitió una y otra vez durante casi cinco horas o cinco días, hasta que la señal se nos fue dada. Le di un golpe a la madera y Horacio entró en una especie de soledad armónica. Salva se quedó al fondo como una solida base, y por vez primera me quedó a mi el progreso de la linea principal. Abandoné lo melancólico y entré como rayo en una animosa marcha de acordes que parecía incontenible y directa al cielo. Las notas rodaban sobre la plataforma, rebotando en las paredes, expandiéndose en eco por los túneles, escapando ahogadas a la superficie. Dicen que los relojes se paralizaron, pero yo lo vi de otra forma: las personas todas se detenían en seco, algunos girando las cabezas, otros sin necesitar ver el origen del sonido. En un instante nos rodearon, los entusiastas, los conservadores, los dependientes, y sólo cerrando los ojos veíamos a nuestra musa. Más que nunca sentí su dictatorial posesión en mis manos. En un plano estaba a la vanguardia y en otro me dejaba llevar por las diversas tonalidades y tempos de sutil pero inconfundible diferencia; sólo una banda conjunta como la nuestra podía resolver aquellas curvas y virajes que me llegaban, sin decaer un segundo en la evolución. Al final, el sonido alcanzó una dimensión tan grande que ya no correspondían a nuestras guitarras, sino a algo supremo, innombrable.
Desapareció la tormenta y ya no había más nada que hacer, como Salva quiso decirnos en principio. En muchas partes escucho hablar de la perfección, de la obra final que nunca llega, y te aseguro que la nuestra fue la excepción. Lo veíamos en nuestras manos magulladas, en las lágrimas emotivas de los conservadores, en el estimulante silencio que reinaba. Era el final porque no había más allá, ni sueños, ni esperanzas, ni motivos para engañarnos. Sólo una cruel muerte temprana que nos llevó a renunciar, en un mismo día, a la música y a la estación Miranda.