Ahora que todo en su vida tenía sentido, el señor Buresca ya no sentía la necesidad de seguirla viviendo. Las manos le temblaban detrás del volante y conducía despacio; deseaba apaciguar la ansiedad con otro cigarrillo, pero su encendedor ya no daba gas. Encerrado ahí con su mente, le costaba un mundo quitar la mirada de la fotografía en el asiento de al lado: la del pobre muchacho muerto, tumbado sobre la hierba.
Suerte tuvo porque la espera se le agotó muy rápido, con la señal dada por larga columna de humo que surgía en el horizonte. Según había calculado, menos de un kilómetro le separaba de las vías del ferrocarril estatal y de la solución final a ese pesar tan grande. Despojado de sus recuerdos, decidido a alcanzar su último objetivo, Buresca pisó con fuerza el acelerador haciendo rugir al motor. Pronto alcanzó la velocidad máxima y la adrenalina se apropió de ese cuerpo que dejaba. En los últimos instantes, se inclinó sobre el volante, comprendiendo que ya no podría detenerse. Cerró los ojos preparado para el choque... y murió.
La vida después de la muerte era oscura y el aire que lo envolvía cálido. Se sorprendió mucho al caer en cuenta de que estaba de pie, pero más por la tibia madera que tocaban sus pies descalzos. En medio de esa violenta oscuridad, la muerte la percibia como algo familiar, y mucho de esa sensación lo ayudó a moverse, incluso con confianza. Primero se llevó una mano al pecho, y ahí donde antes latía el corazón, palpó la silueta del encendedor resguardado en el bolsillo de su camisa. Vaciló un segundo largo, pero bastó con un chasquido del artilugio para ultimar todos sus temores.
A la luz de la flama el diminuto taller de lutería donde había crecido lucía fantasmal. Era la estampa del lugar mas simbólico de su vida, que casi por crueldad permanecía organizado como él en vida siempre lo quiso: a su derecha, enormes contrabajos apilados de espaldas contra la pared; a su izquierda los gruesos estuches de cuero se amontonaban formando pilares sin rastro polvo. El techo, que ya de por si era bajo, estaba atiborrado de violas y violines colgando de una inteligente maraña de alambres e inusitada perfección.
¡Perfección!
Envuelto en un súbita ola de euforia, cruzó la habitación y buscó la única ventana que tenía el taller. Fue la luz la que le devolvió la vida al lugar, y Buresca pensó que se había ganado el paraíso. No pudo resistir las ganas de colocarse de nuevo el delantal de trabajo y sintió un vacio en el estomago al encontrarse con el macizo escritorio suyo. Ahí donde no faltaba nada: una bien ordenada hilera de tenazas, limas y también su cuchillo de vaciar favorito. Sobraban los etiquetados frascos de cola y barniz, y además sin bajas en las familia de sierras, gubias y cepillos de todo tipo y tamaño.
Entre todas esas cosas, sus cosas, sólo había algo que hubiese querido no ver.
Era un antiquísimo calendario al que le habían borrado todas las fechas a excepción de la peor de todas. Al verlo, la fotografía del muchacho apareció en su mente como relámpago, y Buresca comprendió, tarde, que se tenía ganado el infierno. Ya no existía el tiempo para escapar, y antes de que su cuerpo reaccionara, el sonido de una campanilla resonó al fondo del taller, haciendo que la nueva sangre se le helara en el instante. Miró sobre su hombro, momento justo para revivir la pesadilla que lo atormentaba de día y sobretodo de noche: La puerta del taller que se abría lentamente y una figura colosal cruzando el umbral; el sombrero con forma de hongo y el traje tan típico de la ciudad.
—Señor Buresca —dijo el hombre con voz de trueno —, ¿lo decidió ya?
Aunque ya sabía que responder, ninguna palabra salió de su boca. Sus piernas flaquearon cuando el hombre se acercó ofreciéndole la mano; luego, al verlo rebuscar con los dedos en su bolsillo, recordó lo que pronto habría de ocurrir, y por reflejo se llevó la mano al pecho.
—¿Tiene fuego? —preguntó el hombre sosteniendo un cigarrillo.
Esta vez Buresca tampoco dijo nada. Estaba por ofrecer su encendedor, con la mano menos temblorosa, cuando ocurrió algo que lo dejó mudo: no hubo fuego. ¿Y el fuego?
—Una pena —dijo el hombre sentándose al borde del escritorio. Guardó el cigarrillo y en su lugar desenfundo una navaja oculta en el antebrazo —. Dígame pues, ¿será él o usted?
Buresca no lo escuchaba. Todos los pensamientos se le arremolinaban entorno al encendedor de plata que aún sostenía. Ahí estaba, reviviendo el momento exacto que más tarde lo llevaba al suicidio y, de alguna forma, los acontecimientos ya no eran los mismos. No sabía que había hecho para merecerlo, pero una segunda oportunidad no se podía desaprovechar, ni pensar.
—Hazlo —dijo Buresca con firmeza—: Mátame.
Los hombres callaron e intercambiaron miradas. El mercenario dio el primer paso al frente y en el resplandor de sus ojos asesinos Buresca imaginó el terror del muchacho de la fotografía, antes de caer muerto por su culpa. Al final, se inclinó sobre Buresca y en el oído le su susurró una sentencia en la que no pensaba:
—Ahora morirás sin saber si valió la pena.
Sonrió como demonio, hundió el arma con fuerza mortal... y el taller se consumió entre luces.
La vida después de la muerte era fresca como ninguna otra mañana. Sintió su cuerpo tumbado sobre la hierba y en sus brazos el recorrido de un fugaz escalofrío. Al abrir los ojos dejó escapar una exhalación: sólo un solitario y pálido cielo se desplegaba sobre él, y el aroma a humedad extendiendose más allá de donde veía. Tanta paz que lo envolvia, y lo primero que escuchó consiguió asustarlo. Eran los pasos y la respiración entrecortada de alguien que se acercaba, en principio cauteloso, y después con zancadas tan veloces como su latido. Una colosal figura se dibujó de pronto frente a él, y Buresca recordó entonces su miedo a dios.
Era una visión difusa, pero algo se adivinaba del rostro de un joven que le miraba desde lo alto. Tenía el cabello de un deprimente color negro y una piel tan pálida que brillaba. Pero sus ojos, enmarcado bajo dos tupidas cejas, desentonaban con un vivaz azul cristalino. Buresca, que al menos una vez vivió con esos mismos rasgos, creyó que se estaba viendo a sí mismo en un espejo. Parpadeo una vez, y el reflejo lucía como él en su mejor momento: no cargaba con arrugas, ni canas, ni ojeras. Sus ojos del mismo color, pero no rojos por falta de sueño ni por exceso de pecados.
Pero parpadeo una vez más, y tan súbitamente como había aparecido, la fantasmal figura empezó a transmutar. Los ojos del muchacho oscurecieron, como apagados por un interruptor; las greñas negras comenzaron a aclarar, como si un haz de luz le hubiese impactado sobre su cabeza. Seguía tratándose de un muchacho, muy joven, pero muy diferente a Buresca, que con claro temor en la voz preguntó:
—Señor... ¿está usted muerto?